Para qué sirve la literatura. Günter Grass y Juan Goytisolo

La siguiente charla entre Günter Grass y Juan Goytisolo fue publicada en Le Monde Diplomatique en Diciembre 1997

El escritor alemán Günter Grass falleció este lunes 13 de abril. En 1999, cuarenta años después de la publicación de su gran obra, El tambor de hojalata, recibió el premio Nobel de Literatura. En nuestro periódico tuvimos la oportunidad de publicar varios de sus artículos. En diciembre de 1997, por invitación de Juan Goytisolo, nuestros lectores pudieron leer extractos de la conversación que ambos mantuvieron en el Círculo de Lectores de Madrid. Ese encuentro fue definido tanto por Grass como por Goytisolo como el de “dos escritores que ensucian su propio nido” en referencia a una expresión usada en algunos países para señalar al “mal patriota”. En ella analizan la imbricación estrecha entre sus compromisos literarios y políticos.

Juan Goytisolo.- (…) Quisiera empezar con una cita de uno de los artículos de opinión de Günter Grass en el que decía: “¿Qué sentido puede tener la literatura cuando el futuro es una catástrofe programada profetizada por espeluznantes estadísticas? ¿Qué queda por narrar cuando vemos que cada día se confirma, y se pone a prueba mediante los pertinentes ensayos, la capacidad de la especie humana para destruirse a sí misma, y al mismo tiempo al resto de los seres vivos, de las maneras más diversas? Lo único que puede medirse con Auschwitz es la permanente amenaza de auto-exterminio colectivo nuclear que imprime dimensión global a la solución final. El futuro está poco menos que gastado o, si se quiere, arruinado. Ya no es más que un proyecto con muchas posibilidades de ser abandonado” termina aquí la cita. Bien, los vencedores de la guerra fría están logrando algo inédito, creo yo, en la historia de la humanidad: el descerebramiento, o parasitismo, de la especie humana gracias a una hábil combinación de la tecnociencia y el tecnomercado. Nos estamos acercando a las utopías negativas, por vías absolutamente imprevistas. La pregunta puede parecer absurda: ¿qué puede hacer el ser humano para defenderse de esta catástrofe programada?

Günter Grass.- Siendo un joven escritor en lengua alemana me tuve que enfrentar muy pronto a esta pregunta. Cuando terminó la guerra tenía 17 años. Ya contaba con proyectos artísticos propios, pero en seguida noté que, para mi generación y para los autores de la nueva literatura alemana, que comenzaba después del final de la guerra, los temas ya estaban decididos. Estos eran la guerra criminal, que comenzó Alemania, la capitulación total, los crímenes y su larga sombra. Y al mismo tiempo viví, al principio de los años cincuenta, en la soberana República de Alemania Occidental —lo mismo ha pasado en la Alemania Oriental— la forma en que silenciaron el pasado. Construyeron leyendas, hablaban de un pobre pueblo alemán engañado por unos “flautistas de Hamelín”. Sin embargo, yo he vivido en mi infancia y adolescencia que todo lo ocurrido sucedió a la plena luz del día. Las mentiras eran obvias, pero hubo un consenso: no hablar de ello, taparlo todo, y dejar las cosas como estaban.

A esta situación es a lo que la joven literatura alemana buscaba una respuesta. Desde el principio estábamos en contra de esa actitud, a pesar de todo. Es la misma actitud que mantengo hasta hoy en día, porque siguen los intentos oficiales de sosiego, de mantener en pie el “status quo” y porque incluso la historiografía ha llegado luego a tapar y reconvertir el pasado, alejando de la verdad a las futuras generaciónes. Impedirlo es una de las tareas de la literatura. Heinrich Böll y yo nos negamos siempre a que nos llamaran “la conciencia de la nación”. Esto es una tontería. Uno no puede ser la concienca de la nación como escritor para que la nación se irresponsabilice de su propia conciencia. Pero, a pesar de todo, los escritores rescatan para la memoria lo que se oculta, lo que se tapa con mentiras. Esta sigue siendo su tarea, aunque no se vea nunca el final de este proceso.

Juan Goytisolo.- Luego hablaremos de eso, porque en España está ocurriendo el fenómeno de la amnesia, del olvido que se pactó durante la transición. Pero quisiera tocar otro tema que me parece de una enorme importancia en estos momentos. Desde 1989, es decir, desde la caída del muro de Berlín, la humanidad está viviendo un vertiginoso salto atrás. Me explico: es la desintegración sistemática del Estado del bienestar, la atomización de la clase obrera que se manifiesta también en la pérdida de militancia en los sindicatos, etc.; en el abandono del republicanismo entendido como freno a la arbitrariedad y al abuso de la fuerza y el avasallamiento de un liberalismo que, en realidad, se limita a una serie de fórmulas que todos conocemos, como la desregulación, la flexibilidad laboral, la deslocalización, de la que habla Günter en la novela. En cierto modo, lo que se nos dice, en resumen, es que para defender la economía nacional hay que echar a la calle a la clase obrera nacional. La Unión Europea, de la que tanto se habla, es hasta ahora sólo una unión bancaria, una unión de monedas. Y lo más sorprendente es el silencio de los intelectuales postmodernos.

Günter Grass.- Hoy vivimos un capitalismo desatado, que, según parece, se autodestruye. Y los primeros en sufrirlo entre la población son los trabajadores, que dependen de tener un puesto de trabajo para no ser excluidos del sistema. Hay un cambio en la sociedad muy curioso. Teníamos un definición muy clara de lo que era una persona “asocial”. En Alemania era una persona que no quería trabajar, que estaba con las manos en los bolsillos en las esquinas. Esto se acabó. La persona asocial de hoy en día conduce un Mercedes, es miembro del consejo de administración de Daimler Benz o Siemens y se jacta ante los accionistas de que este año la empresa no ha pagado impuestos en Alemania. Están orgullosos de su actitud asocial y explican que ha sido posible trasladar al extranjero ciertos departamentos de producción y contratar allí a trabajadores baratos, porque las condiciones de Alemania ya no son las más favorables para sus intereses. Esta parece últimamente la actitud preferida de la alta sociedad. He utilizado la expresión de los “nuevos asociales” varias veces. Se quejan un poco y se sienten malentendidos, pero los hechos confirman que lo que era la famosa “moral alemana de pagar impuestos” (curiosa expresión) pertenece al pasado.

Este lema “¡enriquecéos!” no se usa sólo en los nuevos “Bundesländer”, que no se han adherido voluntariamente a la República Federal, como proponía el proceso de la unificación, sino que fueron anexionados mediante expropiaciones. El noventa por ciento del capital productivo de la antigua República Democrática Alemana pertenece hoy en día a gente de la Alemania Occidental. Y estos derechos así adquiridos se heredarán de una generación a otra. Al igual que los Condes de Thurn und Taxis siguen siendo hoy dueños de las grandes posesiones en el sur de Alemania que estafaron en la época de los caballeros bandidos del siglo XIV. Esta es nuestra situación social: sufrimos una gran pérdida de sustancia democrática y de logros de la República Federal y de otros países —por ejemplo, los Países Escandinavos— para civilizar la bestia “capitalismo”.

¿Qué se puede hacer? Tenemos que revalorizar los viejos y muchas veces mal utilizados ideales de la “Ilustración europea”, que hablaban de solidaridad, de fraternidad. Tenemos que ser conscientes de que no podemos seguir así, y ya se hacen sentir las primeras reacciones: en las últimas elecciones en Gran Bretaña y Francia hubo una respuesta contundente de sustituir a los que “hacían su agosto”. Una reacción similar se producirá probablemente el año que viene en Alemania y también en España, si tienen en las próximas elecciones la posibilidad de decidir si quieren seguir al capitalismo de explotación o implantar otra vez aspectos sociales dentro del sistema de la economía de mercado.

Lo mismo hay que decir respecto de la Unión Europea: Si esta Europa quiere merecerse el nombre que tanto reclama, tiene que ser algo más que la simple unión de fuerzas económicas. Aquí haría falta una “carta social”, haría falta incluir la expresión de la cultura europea —y no en el sentido de nombrar de vez en vez una capital europea, financiarla y ya está; esto es pura decoración. No, Europa es algo más de lo que se pueden imaginar los empresarios europeos. Ellos sólo quieren un mercado más amplio, que todo lo iguala, neutraliza… que suprime al individuo. Esta no puede ser la respuesta.

Ha hablado al final del silencio de los intelectuales. No sé cómo es en España, sólo lo sé de Alemania: le digo el curioso ejemplo de que a muchos compañeros míos, de mi edad, que en los años 60 y 70 se tenían por mucho más izquierdistas que yo y que criticaban fuertemente desde el punto de vista izquierdista mi llamada actitud socialdemócrata; si les busco hoy, tengo que girar mi cuello hacia la derecha hasta que me cruje. Un cambio rarísimo, ¿no?

Juan Goytisolo.- Creo que esto está bastante generalizado; se podría decir lo mismo de muchos intelectuales y escritores españoles. El problema es qué hacer frente a este capitalismo desenfrenado. Lo que vemos muy claramente es que deja de lado clases enteras en los países de Europa o en Norteamérica. Al viajar allí se ve que el número de excluidos es cada vez mayor; y que se deja de lado no sólo a clases enteras, sino países enteros y continentes enteros. ¿Qué porvenir tiene Africa dentro de este contexto, cuando sabemos que sigue la expoliación, que los préstamos que se les dan son una parte mínima, en comparación con lo que se les roba malpagándoles productos naturales? Esta situación entra dentro del pensamiento único…; está resurgiendo lo que Octavio Paz llamó, hace ya algún tiempo, con mucho acierto, “la venganza de los particularismos”.

Nos encontramos primero con los fundamentalismos religiosos, se habla mucho en los periódicos del fundamentalismo islámico, que, desde, luego existe, y tiene en su cuenta una serie de crímenes, por lo menos una pequeña parte de los crímenes que se están cometiendo en Argelia. Pero hay, igualmente, otros fundamentalismos: el fundamentalismo hindú, del que se habla poco, y que persigue a las minorías musulmanas; el fundamentalismo extremista judío que vemos en los asentamientos de los territorios palestinos, el fundamentalismo católico en Croacia; y el peor de todos, o el más sangriento en los últimos tiempos, el de las iglesias ortodoxas, como la de Serbia, que ha llamado hijo de Jesucristo al autor de un genocidio sólo comparable en Europa al cometido por los nazis contra los judíos y los gitanos. Al mismo tiempo que ese fundamentalismo religioso, están apareciendo fundamentalismos nacionalistas que dignifican el pasado y fundándose en presuntas esencias, predican siempre un retorno mítico a una supuesta edad de oro, etc. Recientemente se publicaban en El País unos textos de Sabino Arana que eran realmente sobrecogedores. No puedo encontrar otra palabra. Era el racismo más duro que me recordaba absolutamente el lenguaje de la Falange en el año 1936.

Encontramos ese mismo lenguaje, ese mismo habla, entre santones del genocidio en Bosnia. Y, repito, lo que vemos es, sobre todo, que se trata de restar…; lo importante para una cultura es sumar. Una cultura, en realidad, es una suma de todas las influencias exteriores que ha recibido. Intentar buscar una raíz única, una esencia única, conduce no sólo a la ruina de esta cultura, sino a los peores excesos y a estos crímenes que realizan los nacionalistas que yo llamo de calidad. Me gustaría ver qué perspectivas hay en Alemania respecto a esta visión con relación a los nacionalismos, a los fundamentalismos que aparecen en Europa y ver qué opina usted sobre esta situación.

Günter Grass.- Pienso que la situación en Alemania sigue siendo opaca. Según mi experiencia no existe ninguna tendencia nacionalista fuerte. Es como si hubiera un vacío, una incapacidad o desgana de los alemanes para definirse como nación, porque esta palabra está desacreditada hoy en día por la experiencia del nacionalsocialismo. Entre los jóvenes hay tanta vacilación que les lleva a veces hasta posiciones extremadas.

Otra cosa es la política oficial. Hemos visto cómo por un lado, cuando empezó la guerra civil en los Balcanes, la población alemana —y por presión suya, también el gobierno— estaba muy dispuesta a recibir a refugiados. Han acogido más refugiados de Bosnia que otros países europeos. Pero un día el ahora ministro de Interior, Manfred Kanther, inició una política de refugiados más rigurosa. Desde hace algún tiempo tenemos una situación escandalosa, ya que alrededor de 4.000 refugiados, que no han cometido ningún delito, que han tenido que salir de sus países —Nigeria, Turquía o Argelia— se encuentran en prisión antes de decidir sobre su expulsión, y no saben si cualquier día se les devolverá a su país. Muchas veces ocurre que la policía de estos países —Argelia o Nigeria—, informada por la policía alemana, los espera en el aeropuerto, los mete en la carcel y los tortura. Todo esto se sabe perfectamente; sin embargo forma parte de lo cotidiano. Al principio, la prensa alemana informaba y protestaba, pero lo usual de este comportamiento inhumano lleva consigo que uno se acostumbra, forma parte de lo cotidiano, ya no son noticia en los periódicos.

Tenemos, y esto se olvida muchas veces cuando se enumeran los distintos tipos de fundamentalismos, el sistema capitalista, que se comporta hoy, tal como lo he descrito, como un poder fundamentalista. Lo que no forma parte del mercado (y el mercado decide lo que forma parte y lo que no) es heterodoxia, es erróneo y esto se defiende con todo rigor, aunque con métodos más sofisticados y más modernos que los de los fundamentalistas islámicos. No hace falta emplear el terror. Esto se arregla en la Bolsa, mediante exclusiones o con un catálogo entero de términos nuevos como “globalización”, como si esto fuera una receta infalible y a la vez nuestro destino ineludible. La Europa como fortaleza es más una pesadilla que una esperanza, y espero, que antes de una unificación, cuya expresión máxima es el “euro”, nos permitan introducir algunas cuestiones que no se pueden medir con dinero.

Juan Goytisolo.- Yo estoy absolutamente de acuerdo en que, tal vez, el fundamentalismo más grave de hoy sea el de la tecnociencia, naturalmente ligado a los intereses del gran capital. Se habla mucho de las famosas tesis de la “lucha de civilizaciones”. Creo que es un error completo, porque lo realmente grave y lo que se plantea de forma acuciante es la lucha de cada civilización con la modernidad incontrolada que tiene dentro de ella. Esta es, en mi opinión, la verdadera lucha y no ese concepto que se propone a través de todos los medios de información.

Günter Grass.- Tenemos un Derecho de Nacionalidad del siglo XIX. Este Derecho de Nacionalidad impide a cientos de miles de jóvenes, que han nacido en Alemania, que se han educado en Alemania, que hablan mejor el alemán que el idioma de sus padres, que venían de Turquía o de muchos otros países, el derecho a obtener la nacionalidad alemana. Leyendo los artículos de esta ley me parece que están trabajando con expresiones absolutamente irracionales. Para ser alemán hay que tener sangre alemana. Sé distinguir si un vino tinto es bueno o malo o si está mezclado; pero medir lo que tiene o no de alemán la sangre, me parece difícil. Mis antepasados son izaschuben (eslavos de Dantzig)… Sé que los mejores resultados culturales se obtienen cuando se mezclan cosas.

En mi última novela Es cuento largo un escritor presenta a Theodor Fontane. Fontane emigró a Alemania, concretamente a Brandemburgo, porque echaban a los hugonotes. El resultado de la inmigración de los hugonotes es el enriquecimiento de la literatura alemana en el siglo XIX por autores franceses como Chamisso, Fouqué y Fontane. Todo eso no sería posible con el Derecho de Ciudadanía, tal y como se maneja hoy…

Me gustaría saber cómo funciona el Derecho de Nacionalidad en España…

Juan Goytisolo.– En España no se plantea un problema de la segunda generación. España ha sido tradicionalmente un país de emigración. En una ocasión dije que la sociedad española presenta una imagen de nuevos ricos, nuevos líderes y nuevos europeos. Y la mezcla de las tres cosas es explosiva. Esto es manifiesto y cualquier americano que viaje por España comprenderá muy bien lo que digo. En una encuesta que se hizo hace cinco años, entre los jóvenes de entre 18 a 25 años de Madrid, el 7% se declaraba partidario de la expulsión de los gitanos, etnia, comunidad, que vive con nosotros desde principios del siglo XV. El 26% era partidario de la expulsión de los moros, el 12% de la de los judíos. Esto es extraordinario, porque siendo la comunidad judía escasísima, no es visible como la de los moros o los gitanos. Se trata de una imagen de un judío imaginario.

Recientemente, en una de estas estadísticas que se publican en la prensa, resultaba que el 57% de la población española tenía mala imagen de Marruecos y no confiaba en los moros. Tal vez será por esta especial desconfianza el que hayamos leído recientemente, y voy a citarlo aquí, que el ejército deberá destruir su arsenal de 600.000 minas anti-personas en cuatro años. Leo: “arsenales y polvorines del ejército almacenan alrededor de seiscientas mil minas anti-personas concebidas para matar, o mutilar, a quienes las pisen. Si se sembraran por todo el territorio, habría más de una por kilómetro cuadrado. Colocadas en la frontera de Melilla con Marruecos, tocarían a treinta por cada metro”. Sigo: “La impermeabilización de los aproximadamente veinte kilómetros de frontera de Melilla con Marruecos era, hasta ahora, la principal misión del arsenal de minas anti-personas del ejército. Su instalación en caso de conflicto tendría carácter disuasorio, según fuentes militares, y ayudaría a desviar un posible ataque hacia zonas de más fácil defensa”. Pues bien, esto, en cualquier otro país, habría desencadenado un escándalo en los sectores intelectuales. Y aquí nadie, absolutamente nadie, ha alzado la voz. ¿Cómo es posible que se haya planteado impermeabilizar estas fronteras matando a gente que huye de la pobreza y de la miseria?

Esta noticia está fechada el 21 de septiembre. La leí con una indignación tan grande, que pensé que iba a salir alguien a protestar, que iba a decir ¿qué es esta monstruosidad? No hubo absolutamente nada. Esto me parece ya muy revelador, no quiero insistir más…

La indiferencia con que en el sur de Italia se contempla la llegada de un barco con cadáveres albaneses… Pronto habrá, creo, viajes programados a la zona de Algeciras y Tarifa para ver, y fotografiar, los naufragios de las pateras… Estamos llegando a esta sociedad totalmente inhumana… No basta con hablar del “año mundial contra el racismo”; no basta con predicar la tolerancia; hay que cambiar las leyes. Y cambiar las leyes significa oponerse a todo un entramado jurídico y económico que está fomentando esta horrorosa situación de la que todos somos testigos, y todos callamos.

Günter Grass.- Desde mi experiencia sólo puedo confirmar eso. Existen las mismas dudas o mejor dicho el mismo mutismo, por ejemplo respecto al hecho de que hayan dado a Turquía tanques y vehículos blindados, excedentes del antiguo ejercito de la ex República Democrática Alemana. Hubo protestas, porque al parecer los turcos utilizaron los tanques y vehículos blindados contra los kurdos. El gobierno turco lo desmiente, y dice que sólo están allí por prevención, y el gobierno alemán se lo cree. Hay funcionarios o subfuncionarios, que deciden estas cosas, cuando existen informes de Amnistía Internacional (AI) y de otras organizaciones, que demuestran que estos tanques han actuado contra los kurdos. He protestado varias veces, pero se mantienen las viejas mentiras. Se niegan ciertas cosas. Existe un dogmatismo, una escolástica, un pensamiento que recuerda al medieval. Galileo tendría hoy los mismos problemas que en su tiempo, porque se impone el pensamiento escolástico: lo que no debe ser, no existe. Nos han querido hacer creer tantas cosas: nadie aquí va a opinar que Irak es un país democrático; sin embargo nos hacían creer, que defendían la libertad de la democracia en Kuwait.

Juan Goytisolo.- Yo diría que a Galileo le ocurrió un poco lo que le ocurre a Noam Chomsky. Pero añadiría una cosa. Un escritor alemán, al que yo antes respetaba, escribió un artículo realmente mortífero. En aquellos momentos dijo “Todos los alemanes fuimos iraquíes entre 1933 y 1945”. Lo cual era absolutamente falso, porque Hitler fue elegido democráticamente dos veces por el pueblo alemán. Y el pueblo alemán era responsable de lo que hizo Hitler. Pero el desdichado pueblo iraquí no tuvo nunca la oportunidad de elegir a sus jefes. Y el protagonismo fue absolutamente de Sadam Hussein y, paradójicamente, años después de esta carnicería, es el pueblo inocente el que sigue víctima de un bloqueo económico que ha provocado la muerte de más de medio millón de niños, por falta de antibióticos, por falta de medicamentos, etc. El dictador sigue viviendo tranquilamente e incluso se permite hacer desplantes ante el Consejo de Seguridad de la ONU.

Una estadística dice que los países petroleros, los emiratos, Arabia Saudí, etc. han ganado, por la parte del crudo que no ha vendido Irak desde la guerra del Golfo, noventa mil millones de dólares, que han servido para pagar todos los gastos de la Operación “Tempestad del Desierto”. Es decir allí, durante esta famosa guerra virtual, se habló de todo excepto de las dos palabras claves que eran petróleo y sangre. Sangre de las víctimas inocentes y petróleo que correspondía a los intereses estratégicos de Occidente, en especial de Estados Unidos. Me gustaría referirme a una entrevista en la que ponía usted esperanzas en una unión entre el Partido Socialdemócrata y Los Verdes para acabar con el gobierno de la derecha. En mi opinión, estas esperanzas no son posibles en el actual paisaje político español. No soy una persona altamente cualificada para opinar de esto porque todo el mundo sabe que vivo fuera hace muchos años, pero leo atentamente la prensa, no sólo la prensa española, sino a veces periódicos como The Independent, o Le Monde o Le Monde diplomatique, sobre todo… y no se ve en España ningún Oskar Lafontaine en perspectiva. El PSOE no ha aprendido nada de su merecida derrota electoral; le vemos en su piña defensiva en torno a una serie de personas que son sospechosas de haber violado la legalidad. Y el sectarismo de la dirección de Izquierda Unida la sitúa realmente en las afueras de la realidad. Entre tanto reaparece, tras la derecha civilizada, una derecha pura y dura, franquista, en la judicatura, y también en la tentativa de reducir o acallar los medios de la prensa de oposición. Esta es, digamos, mi perspectiva, no muy optimista, de la situación española. Quería pedirle que nos explicara usted qué posibilidades tiene de cambio real la oposición en Alemania.

Günter Grass.- Antes de nada tengo que frenar un poco estas “grandes esperanzas”. Yo también veo a Oskar Lafontaine por detrás, pero no le veo en el horizonte. A veces está debajo, a veces encima, y su compañero Gerhard Schröder demuestra pragmatismo y adaptación, tiene una capacidad de mimetismo, que me inquieta. Por otro lado, veo mucho estancamiento político en Alemania. Los partidos del Gobierno, el CDU (Unión Cristiano-Demócrata), CSU (Unión Cristiano-Social) y el FDP (Partido liberal demócrata) están exhaustos, al final de sus posibilidades. Ya no creen ni en su propio programa, no pueden mover ni las cosas más mínimas y el país necesita un cambio. Con las clases políticas he aprendido en mi función de ciudadano —no de artísta— que hay que utilizar con economía las fuerzas que se tienen. Otra cosa son los sueños.

Ahora veo una oposición poco desgastada, con todas sus posibilidades. Son políticos bastante capacitados de la llamada “generación de los nietos”, respecto a Willy Brandt — que creó esta expresión poco afortunada. Tienen talento y tienen algo común a toda su generación: mucho ego. No son capaces de aceptar la opinión de un discrepante, aunque en el fondo no se diferencien en casi nada. Utilizan la primera ocasión que tienen para atacar al otro, sólo por satisfacer su propio ego. Esta actitud, que puede ser hasta un poco infantil, es inmanente a la generación del 68. Esto no ha cambiado, no llegan a ser adultos, y esto impide que hagan lo que hubieran debido de hacer hace mucho: un cambio democrático del poder. Aunque esto nos traiga “el gran cambio” ¿por qué debería suceder así? Pero algunas cosas sí van a cambiar. Existe la posibilidad de renovar, con la ayuda de los socialdemócratas y Los Verdes, el Derecho de Ciudadanía; existe la posibilidad de imponer ciertas ventajas sociales, que tanta falta nos hacen para domar al capitalismo salvaje.

Ya en los años ochenta —entonces desde el punto de vista de los liberales— pronosticaron la muerte del movimiento obrero europeo… Incluso hubo socialdemócratas que se lo creyeron… Pero no fue así. Vemos cómo crece el paro, especialmente el juvenil. Vemos que nuestros sistemas de jubilaciones fracasan, que no son capaces de dar a los muchos que han trabajado toda su vida un poco de seguridad en la vejez. Estas cosas, por las que ha luchado el movimiento obrero desde hace más de cien años, van cayendo, un logro tras otro.

También hay que decir, que nosotros dos, querido Goytisolo, somos dinosaurios. Esto hay que tenerlo en cuenta. Y ambos somos solitarios en nuestros países. Quedan muy pocas personas que llamen a las cosas por su nombre, que hablen de ciertos temas…

Dudo que en la generación joven, en la más joven, aunque también en la mediana, exista la disposición a tomar el relevo. Depende de ellos, que despierten de este letargo, frío, que viene de EE.UU. o de donde sea. Que muestren emociones, compasión; que empiecen por fin a desprenderse de su aburrimiento y su egoísmo y comiencen a enfrentarse a metas; porque sólo crece uno enfrentándose a la hostilidad.

Esto es lo que echo de menos y me hace sentirme escéptico. ¿Seremos capaces de poder —con más o menos éxito, supongo que con menos—, transmitir todo esto a la próxima generación? A lo mejor la situación es totalmente diferente en España. Quizá hay una generación de jóvenes autores que empiezan…

Juan Goytisolo.- Yo diría que lo que define al intelectual es la busca de un saber desinteresado, sin rentabilidad inmediata. Un rigor literario que se traduce en un rigor ético con respecto a la política y la sociedad. Naturalmente se pueden dar casos de gente que tiene un rigor ético en el campo político y no lo tiene en el campo literario. Su obra es un buen ejemplo que muestra las dos cosas absolutamente ligadas. Aquí la defensa de causas no rentables, de escasa brillantez, prácticamente no existe. Es muy triste decirlo, pero es así. Problemas como el de Bosnia o, algo tan cercano a nosotros como la matanza ininterrumpida en Argelia, en medio de una opacidad informativa que produce todo tipo de represiones. Lo que ocurre en Ruanda, en el Kurdistán… todo esto no parece interesar demasiado a nuestros escritores e intelectuales. Creo que es una desdicha, porque no se puede perder de vista este horizonte sin perder, al mismo tiempo, el respeto necesario que una persona se tiene a sí misma. Y por esto me inquieta, como a usted, el que no haya un relevo visible. Recuerdo una reunión sobre este tema en la New York University, en la que Susan Sontag habló magníficamente de su angustia por esa soledad en la que vive dentro de la sociedad norteamericana.

La aplastante responsabilidad de Europa en la destrucción de culturas y entidades políticas africanas, y su protección a los saqueadores y expoliadores de sus propios pueblos, con Estados convertidos en fincas, tal como hemos visto recientemente en Zaire o en el ahora llamado de nuevo Congo…

Vemos que cambian los comisarios, pero los métodos siguen siendo los mismos… Nadie mide la responsabilidad enorme que ha tenido una potencia, como Francia, por ejemplo, en el mantenimiento de estos dictadores en su zona francófona. Cuando uno leía las noticias sobre esto y veía la actitud de este presidente camaleónico llamado François Mitterrand… daban ganas de decir “¡Francofonía cuántos crímenes se cometen en tu nombre!” (…)

(…)
Aquí, en España, también se cometen crímenes racistas. Hace tres años, unos asentamientos de chabolistas, fueron expulsados de San Blas, porque los terrenos en los que estaban instalados iban a ser urbanizados. Las familias no gitanas fueron realojadas por el Ayuntamiento y las familias gitanas fueron expedidas, en cambio, a Valdemingómez, junto al vertedero de la ciudad… Una situación similar a una deportación, en la zona de mayor toxicidad que existe en Europa. Esto ocurrió hace ya tres años y medio, pero el 10 de octubre pasado leo en la prensa esta noticia: “Los expertos de la Consejería de Sanidad han redactado un plan para evaluar el impacto ambiental de la incineración de Valdemingómez en la salud de las personas, donde proponen análisis de sangre en la población de riesgo que vive próxima a los hornos”. Los especialistas ambientales pretenden identificar los posibles efectos de la contaminación que pudiera generar la incineradora por un funcionamiento anormal de la misma y además evaluar los efectos que a largo plazo pudieran tener los humos de Valdemingómez sobre la población de riesgo que es, naturalmente, gitana. Digo esto porque no necesitamos ya ir a Bosnia o a Ruanda o a Chechenia o a Argelia, para darnos cuenta de que existe una especie de guetos de los que la gente no puede escapar. Y es realmente una situación vergonzosa el que esto se prolongue, por la sencilla razón de que los gitanos, los inmigrantes, no votan, no son rentables, y a los partidos políticos no les interesan.

Günter Grass.- Este tema es muy especial para los alemanes, porque a diferencia de lo que sucedía en España y en otros países, en Alemania durante el nacionalsocialismo la persecución a los gitanos (…) formaba parte del genocidio, y tiene que ver con los nombres de Auschwitz, Treblinka, Oraniemburgo. No sabemos el número exacto, pero entre 400.000 y 500.000 gitanos murieron en los campos de exterminio o a causa de epidemias en el campo de Bergen-Belsen y otros. Además, hay muchas mujeres entre los gitanos que fueron esterilizadas. Viven todavía y existen entrevistas estremecedoras que dan testimonio de lo que significaba para ellas, para su concepto de vida y en sus relaciones familiares el hecho de no poder tener hijos.

Esta minoría carece de protección hasta hoy en día. Otras minorías en Alemania han conseguido organizarse mejor, hacerse oír. No se puede decir lo mismo de los gitanos. En Berlín viven 16.000, que son refugiados de Yugoslavia. Solemos olvidar que en el genocidio entre los diferentes grupos, los bosnios, croatas y serbios, hubo el grupo de los gitanos que fue el blanco de todos. Fueron los primeros asesinados cuando empezaron a hacer “tábula rasa”. Echarles de Alemania significa para ellos el final. Viven en Berlín de una manera totalmente ilegal y nadie se ocupa de ellos.

Paralelamente a las dos fundaciones que he creado (una literaria y una de arte) he añadido otra a favor del pueblo gitano… Y, dando un salto: ¿cuáles son los europeos más ejemplares, los que tienen menos problemas en superar las fronteras? Los gitanos nos deberían servir de ejemplo si planeamos una nueva Europa… Pero parece que pasa justo al contrario…

Juan Goytisolo.- Y ahora… hablemos de literatura…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *