Neurosis y Psicosis. ¿Dónde se inicia lo anormal?

NEUROSIS Y PSICOSIS. ¿DÓNDE SE INICIA LO ANORMAL?* ENTREVISTA A JACQUES LACAN. TRADUCIDA POR JUAN PICÓN.

– ¿Cuál es la diferencia entre neurosis y psicosis?

Es lo que encuentra en los manuales de psiquiatría.

– ¿La cura psicoanalítica puede curar una psicosis?

Sí.

– Desde hace quince años sostiene un seminario en Sainte-Anne, después en la École Normale. En el transcurso de los dos primeros trimestres de su año de enseñanza 1955-56, examinó el tratamiento posible de la psicosis. Reprodujo lo más importante de lo que había aportado en ese seminario a través de un artículo publicado en sus Escritos bajo el título de De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis.

Examino, la cuestión de si el psicoanálisis es articulable a la psicosis. Medio siglo de freudismo aplicado a la psicosis deja el problema a ser repensado todavía, dicho de otro modo, en statu quo.

– Usted escribe, acerca de Introducción al narcisismo de Freud: “Ha servido para un bombeo, aspirante al capricho de los tiempos del teorema de la libido por el percipiens, el cual es apto así para inflar y desinflar una realidad vejiga.”

Freud aporta en la primera teoría que el yo se constituye a partir del otro en la nueva economía subjetiva, determinado por el inconsciente: se respondió exaltando en ese yo el re-encuentro del viejo e infalible percipiens y de la función de síntesis. ¿Cómo asombrarse de que no haya extraído otro beneficio para la psicosis que la promoción definitiva de la noción de pérdida de la realidad?

– ¿Y qué es lo que Freud aportó?

Para el problema de la psicosis, su aporte alcanzó una repercusión. Esta repercusión es inmediatamente apreciable en el simplismo de los resortes que se evocan en concepciones que se limitan a ese esquema fundamental: ¿cómo hacer pasar lo interior a lo exterior? El sujeto, en efecto, podrá aquí bien reunir un Ello opaco, pero es sin embargo como un yo, es decir de una forma completamente expresada en la orientación psicoanalítica actual, como ese mismo percipiens imbatible, que es evocado en la motivación de la psicosis. Ese percipiens tiene pleno poder sobre su correlato no menos invariable, la realidad, y el modelo de ese poder es tomado de un dato accesible a la experiencia común, el de la proyección afectiva. Puesto que las teorías actuales se orientan por el modo incuestionable a partir del cual el mecanismo de la proyección es ahí aplicado. Todo se opone a eso, nada lo sustenta, principalmente toda la evidencia clínica de que no hay nada en común entre la proyección afectiva y sus pretendidos efectos delirantes, entre los celos del infiel y los del alcohólico, por ejemplo.

En lo que concierne a la diferencia entre neurosis y psicosis, de la lectura de manuales psiquiátricos recuerdo más o menos, esto: ¿La neurosis? Es una afección sin base anatómica como lo es una enfermedad “funcional” sin lesión orgánica. ¿Su diferencia con la psicosis? Reside en el nivel de conciencia que tiene la persona sobre su estado. ¿Está esto en la línea de su concepción?

Si usted quiere.

Usted dijo: “¿Cómo asombrarse de que no haya extraído otro beneficio para la psicosis que la promoción definitiva de la noción de pérdida de la realidad?” ¿Está usted seguro de eso? Me sorprende. No comprendo.

Y bien, eso no me sorprende y no es todo. En 1924, Freud escribió un artículo incisivo: La pérdida de la realidad en la neurosis y en la psicosis, en el que dirige su atención al hecho de que el problema no es el de la pérdida de la realidad, sino que atañe a lo que la sustituye. Palabras vanas, puesto que el problema está resuelto; el negocio de repuestos está en el interior y los tomamos de acuerdo a las necesidades…

– En su capítulo de los Escritos, De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis – dice: “Sea como sea, ¿qué problema pondría todavía obstáculo al discurso del psicoanálisis, cuando la implicación de una tendencia en la realidad responde por la regresión de su pareja? ¿Qué podría cansar a unos espíritus interesados en que les hablen de la regresión, sin que se distinga la regresión en la estructura, la regresión en la historia y la regresión en el desarrollo (distinguidas por Freud en cada ocasión como tópica, temporal o genética)?”

Preciso en ese pasaje que renunciamos al inventario de la confusión. Está gastado por quienes nosotros formamos y no le interesaría a otros. Nos contentaremos con proponer para su reflexión común el efecto de extrañamiento que produce, a la luz de una especulación que fue condenada a dar vueltas en redondo entre desarrollo y entorno, la única mención de rasgos que son sin embargo el armazón del edificio freudiano, a saber, la equivalencia sostenida por Freud de la función imaginaria del falo en los dos sexos (desesperación durante largo tiempo para los aficionados a las falsas ventanas biológicas, es decir, naturalistas), el complejo de castración descubierto como fase normativa de la asunción por el sujeto de su propio sexo, el mito de asesinato del padre vuelto necesario por la presencia constituyente del complejo de Edipo en toda historia personal, y last but not… el efecto de desdoblamiento que produce en la vida amorosa la instancia repetitiva del objeto siempre a re-encontrar en cuanto único.

– ¿Cuál es la noción de pulsión en Freud?

¿Es preciso incluso recordar el carácter profundamente disidente de la noción de pulsión en Freud, la disyunción de la tendencia, de su dirección y de su objeto, y no solo su perversión original, sino su implicación en un sistema conceptual, aquel cuyo lugar marcó Freud, desde los primeros pasos de su doctrina, bajo el título de teorías sexuales infantiles? ¿No vemos que estamos desde hace largo tiempo a distancia de todo esto, en un naturismo pedagógico que no tiene otro principio que la noción de gratificación y su contrapartida, la frustración, en ninguna parte mencionada en Freud? Sin duda, las estructuras reveladas por Freud siguen sosteniendo no solo en su plausibilidad sino en su maniobra, los vagos dinamismos con los cuales el psicoanálisis de hoy pretende orientar su flujo. Una técnica deshabitada no será por ello mismo más capaz de milagros – de no ser por el conformismo por añadidura que reduce sus efectos a los de la ambigüedad de la sugestión social y de la superstición psicológica.

En sus Escritos reproduce, bajo el título La dirección de la cura y los principios de su poder su informe del coloquio internacional reunido, por invitación de la Sociedad Francesa de Psicoanálisis, en Royaumont, del 10 al 13 de julio de 1958. Usted dice: “Que un análisis lleve los rasgos de la persona del analizante es cosa de la que se habla como si cayese por su propio peso. Pero al interesarse en los efectos que éste tendría sobre la persona del analista se pensaría estar dando pruebas de audacia. Tal es por lo menos lo que justifica el estremecimiento que nos recorre ante las expresiones de moda referentes a la contratransferencia, contribuyendo sin duda a enmascarar su impropiedad conceptual: piensen qué testimonio damos de elevación de alma al mostrarnos en nuestra arcilla como hechos de la misma que aquellos a quienes amasamos.» Y preciso que no por eso denunciamos sin embargo lo que el psicoanálisis de hoy tiene de antifreudiano. Porque, en eso, hay que estar agradecido de que se haya quitado la máscara, ya que ésta se jacta de superar lo que por otra parte ignora, no habiendo conservado de la doctrina de Freud sino lo suficiente para notar hasta qué punto lo que acaba de enunciar de su experiencia es disonante con ella. Pretendemos mostrar en qué la impotencia para sostener auténticamente una praxis se reduce, como es corriente en la historia de los hombres, al ejercicio de un poder.

– Ese poder, es el psicoanalista el que lo asume…

El psicoanalista sin duda dirige la cura. El primer principio de esta cura, el que se le deletrea en primer lugar, que encuentra por todas partes en su formación a tal punto que se le impregna, es que no debe dirigir al paciente. La dirección de conciencia en el sentido de guía moral que un fiel del catolicismo puede encontrar, está aquí excluida cabalmente. Si el psicoanálisis plantea problemas a la teología moral, no son los de la dirección de conciencia, en lo que recordamos que la dirección de conciencia también los plantea. La dirección de la cura es otra cosa.

– ¿Supone sin embargo directivas?

Implica, en primer lugar, atenerse a la regla analítica, o sea, las directivas cuya presencia no podría desconocerse en el principio de lo que llamamos la situación analítica, bajo el pretexto de que el sujeto las aplicaría en el mejor de los casos sin pensar en ellas. Estas directivas están en una comunicación inicial planteadas bajo forma de consignas de las cuales, por poco que el analista las comente, puede sostenerse que hasta en las inflexiones de su enunciado servirán de vehículo a la doctrina que sobre ellas se ha hecho el analista en el punto de consecuencia al que ésta ha llegado para él. Lo cual no lo hace menos solidario de la enormidad de prejuicios que, en el paciente, esperan en ese mismo lugar: según la idea que la difusión cultural le permitió formarse del procedimiento y de la finalidad de la empresa. Ya sólo esto basta para mostrarnos que el problema de la dirección, desde las directivas del comienzo, termina por no poder formularse bajo una línea de comunicación unívoca, lo que nos obliga a permanecer allí por un tiempo para esclarecerlo más tarde. Planteemos solamente que al reducirlo a su verdad, ese tiempo consiste en hacer olvidar al paciente que se trata solamente de palabras, pero que eso no dispensa al analista de olvidarlo él mismo.

*”Neurosis y psicosis, ¿dónde comienza lo normal?, realizada el 13 de mayo de 1968″, publicada en Tonus N° 331, 1968, pp. 2-3. Texto original en francés en http://aejcpp.free.fr/lacan/1968-05-13.htm

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *