El Partido Republicano fue el único perdedor en el segundo debate

Encuestas hechas a partir del viernes, que reflejan los primeros rebotes del pussygate, muestran a Hillary Clinton con más de diez puntos de ventaja y a Donald Trump en un piso más cercano al 35 por ciento que al 40 por ciento.
El gran perdedor del segundo debate presidencial entre Hillary Clinton y Donald Trump, que tuvo lugar este lunes por la noche en la universidad Washington de esta ciudad, fue el Partido Republicano. Ya en pie de guerra con su propio candidato, al que una veintena de dirigentes había abandonado en las vísperas, tras la difusión de un viejo audio con comentarios denigrantes del magnate hacia las mujeres, la pelea siguió ayer cuando el influyente jefe de la bancada en la Cámara baja anunció que concentraría sus esfuerzos en mantener la mayoría que tienen allí, dejando de lado la pelea por la Casa Blanca; el propio Trump le contestó en Twitter, ahondando la crisis. Las primeras encuestas que comienzan a reflejar la repercusión del llamado pussygate les dan a los demócratas la ventaja más grande en lo que va del año, por encima de los diez puntos. De confirmarse esa tendencia, el control del GOP sobre el Congreso quedaría en grave riesgo.

El debate en sí fue una anécdota más en medio del pasaje más turbulento de una campaña más que turbulenta. Clinton no hizo un buen papel y Trump, si bien se mostró más consistente que su rival y definitivamente más sólido que lo que había estado dos semanas antes en el primer duelo entre ambos, en Hofstra, no pudo revertir los reveses que había encajado durante la semana previa, la peor de toda su campaña. Antes de la hora señalada, el candidato republicano había realizado una conferencia de prensa junto a tres mujeres que denunciaron en su momento a Bill Clinton, marido de su rival, por acoso sexual y violación, en un intento de evitar el costo por la difusión de sus audios sexistas, y aunque se temía que todo el debate se convirtiera en un circo alrededor de ese tema, finalmente lo descartó en los primeros diez minutos, con un pedido de disculpas y una referencia al comportamiento del ex presidente, y luego el trámite continuó por sus cauces naturales.

Durante una hora y media, mientras Clinton no lograba hacer pie en los temas más fuertes de su agenda (el aspecto social y la política exterior), Trump se dedicó a cargar contra su rival, a la que amenazó con una investigación especial que la lleve a la cárcel en caso de ganar la elección, en compañía del establishment en general y hasta de los legisladores de su propio partido, a los que acusó de complicidad con los demócratas en el tratamiento de ciertas leyes en el Congreso. Perdido por perdido, la estrategia del magnate parece ser agudizar el contraste entre el establishment político del país, de cualquiera de los dos partidos, y su propuesta outsider. Si bien durante los 90 minutos de discusión por momentos pareció darle resultado, difícilmente le alcance para volver a encarrilar una candidatura que, tras los acontecimientos de la última semana, parece haber perdido definitivamente el rumbo.

Esa falta de perspectiva de éxito y no los dichos de Trump sobre las mujeres está detrás de la estampida republicana alejándose de un candidato que nunca había terminado de abrazar. La diferencia entre este audio, de hace once años, en el que habla sobre cómo utilizaba su status de estrella para abordar a mujeres “sin esperar”, y sus declaraciones racistas, sexistas e islamofóbicas transmitidas en vivo durante la campaña, no está en el contenido sino en el momento en el que llegan, a menos de un mes de las elecciones y con el candidato casi sin chances de llegar a la Casa Blanca. Ya el jueves y el viernes, antes del pussygate, los sondeos mostraban una ventaja de 5 o 6 puntos para Clinton, que además se había recuperado en estados clave como Florida, Ohio y Carolina del Norte. Ante esa perspectiva, muchos de los correligionarios de Trump aprovecharon la excusa para soltarle la mano durante el fin de semana.

Otros esperaron a después del debate, a ver si se daba el milagro. Es el caso del congresista Ryan, que ayer por la mañana, finalmente, reunió a su tropa para anunciar que abandonaría sus esfuerzos para que el GOP gane la presidencia y se concentraría en los distritos claves que los republicanos necesitan obtener o defender para no perder la ventaja que tienen ahora en el parlamento. La respuesta del candidato, por Twitter, fue dura: “Paul Ryan debería usar más tiempo en el presupuesto, los empleos y la inmigración ilegal y no perderlo peleando contra el candidato republicano”. La cúpula del partido aún no se manifestó después del debate, aunque ayer los rumores sobre que suspenderían el aporte monetario a la campaña de Trump para dedicar esos recursos a sus diputados y senadores fueron en aumento durante la tarde.

Los últimos números despiertan la alarma de los republicanos. Encuestas realizadas a partir del viernes, que reflejan los primeros rebotes del pussygate, muestran a los demócratas con más de diez puntos de ventaja a nivel nacional y al candidato republicano en un piso más cerca de los 35 puntos que de los 40, un resultado que, de plasmarse en las urnas, sería el peor para una boleta de un partido mayoritario en un cuarto de siglo. Si esta tendencia se consolida, no sería extraño que los sondeos en los estados muestren un movimiento acorde, no solamente alejando al GOP de la chance de ganar en los distritos clave en disputa sino incluso poniendo en riesgo para ellos territorios que históricamente fueron rojos, como Georgia, Arizona e incluso Texas. En ese contexto, la difusión de más emails del jefe de campaña de Clinton, John Podesta, por parte de Wikileaks, pasó prácticamente inadvertida.

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