El comienzo de la Primera Gran Guerra hace 102 años

El 28 de julio de 1914, con la declaración de guerra del Imperio Austro-Húngaro a Serbia, se iniciaba la Primera Guerra Mundial.

¿El motivo? Todavía es común encontrar la explicación de que se debió al asesinato del archiduque Francisco Fernando de Habsburgo, heredero al trono del imperio, a mano de un terrorista serbio en Sarajevo, la capital de Bosnia-Herzegovina, ocurrido un mes antes. Este tipo de relatos buscan que la historia sea incomprensible para las grandes masas, remplazando las causas profundas de los grandes hechos históricos por un simple juego de “grandes personalidades”.

La verdad es que para ese entonces ya hacía por lo menos 25 años que las grandes potencias europeas se habían estado armando hasta los dientes, compitiendo entre sí. En un caso para patear el tablero del statu quo mundial e imponerse como poder hegemónico y así conquistar colonias y áreas de influencia, como pasaba con el Imperio Alemán, que utilizaba a su aliado Austria-Hungría, un imperio en decadencia y subordinado a Berlín. Pero esto solo podía lograrse a expensas del imperio en ese momento dominante, Gran Bretaña, que también tenía sus propios aliados subordinados, como Francia. El área geográfica de disputa inmediata entre todas las potencias era los Balcanes, el territorio que había estado dominado hasta poco tiempo antes por el Imperio Turco, que se fue hundiendo y desmembrando, y el sector de Europa Oriental que estaba bajo la bota del Imperio Ruso, también en acelerada decadencia luego de la revolución de 1905.

Las causas profundas

El asesinato del archiduque no fue más que una excusa. Alemania y Austria-Hungría simplemente eligieron el momento más conveniente, en el que estaban en su mejor capacidad militar como para afrontar una guerra europea que para ellas se volvía una necesidad, y le impusieron a Serbia (en el centro de la zona en disputa, recientemente liberada de Turquía, ligada a Rusia y por su intermedio a Gran Bretaña y Francia) un ultimátum imposible de cumplir para desatar sí o sí el conflicto. Estas potencias, apoyándose en su gran desarrollo tecnológico-militar, pero con la desventaja de su situación geográfica enfrentando enemigos en dos frentes distintos, necesitaban una victoria rápida y fulminante. Pero, por el contrario, por tratarse de una guerra entre grandes potencias con intereses, colonias y aliados a lo largo del planeta, se terminó transformando en mundial. A pesar de que las dos grandes alianzas de potencias intentaron justificar la participación en el conflicto como una supuesta “guerra de liberación” contra la potencia enemiga a la que se presentaba como “despótica”, hay que decir que claramente no se trató de un conflicto por ningún tipo de ideales de “libertad” ni “progreso”, sino una guerra entre potencias imperialistas que se disputaban el dominio mundial y repartirse colonias y áreas de influencia.

Nuevo tipo de guerra

Este conflicto también marcó un antes y un después en la propia historia de la guerra en general. En la memoria de las masas y de la opinión pública de entonces, todavía predominaba el modelo de las “guerras clásicas”. Es decir, conflictos entre Estados que se libraban entre ejércitos de militares profesionales, en teatros de guerra delimitados y sometidos a ciertos límites o regulaciones.

Sin embargo, entre 1870 y 1914 se desarrolla una creciente carrera armamentística y un avance inédito de la tecnología militar. Paralelamente a este desarrollo masivo de la capacidad destructiva, en la mayoría de los ejércitos europeos se implanta la conscripción obligatoria, incorporando al servicio, junto a militares de profesión, a grandes sectores de trabajadores y campesinos de la población civil. Durante esos años se producen mayoritariamente guerras de conquista por fuera de Europa, entre potencias imperiales y los pueblos coloniales en Asia y África, donde las primeras llevan a cabo una “guerra total” que no le reconoce estatus alguno de “enemigo legítimo” a los segundos, atacando masivamente a las poblaciones civiles y produciendo brutales genocidios, implantando el terror. Todos estos elementos, especialmente este último, se volcarían ahora, ya no a una guerra contra pueblos considerados “atrasados” o “inferiores”, sino dentro del seno mismo de lo que se consideraba “la civilización occidental”: la propia Europa.

La Primera Guerra Mundial irá terminando con la movilidad más característica de las guerras clásicas e irá incorporando la estática y desgastante guerra de trincheras, donde se destruyen en grandes cantidades en forma acumulativa recursos humanos, tecnológicos y económicos, solamente en muchos casos para avanzar unos pocos kilómetros de terreno –como la Batalla de Verdún–, que se prolongó por 10 meses, con 300 mil muertos y un millón de heridos. Para avanzar superando las trincheras se crean los tanques, los aviones de bombardeo y se emplean por primera vez las armas químicas y los gases venenosos. El resultado en costos humanos será de 10 millones de muertos, 8 millones de desaparecidos y 21 millones de heridos. Es decir, la Primera Guerra Mundial combina elementos de las guerras “clásicas” pero cada vez más junto a métodos propios de las guerras civiles o de las guerras coloniales, por lo que se generalizan los llamados “crímenes de guerra”. Todo esto, no obstante, se repetirá aún en mayor escala y con mayor brutalidad en la Segunda Guerra Mundial, donde estos métodos y el terror de las masacres de civiles que inaugura 1914 (el más paradigmático es el genocidio armenio a manos de Turquía, del que se está cumpliendo un siglo) se transformarán en una verdadera industria del asesinato en masa y donde la cifra de muertos se multiplicará aproximadamente por 7.

La “tercera potencia”: el movimiento obrero

Durante todo el período previo a 1914 se desarrolló fuertemente el movimiento obrero y socialista. La Segunda Internacional fundada por Friedrich Engels luchaba contra el militarismo, y su acción en varias oportunidades logró evitar el peligro de una guerra europea. La burguesía imperialista estaba en la disyuntiva que, por un lado, la guerra era una necesidad, ya sea para mantener o para mejorar la posición de su propio Estado nacional frente a los demás; pero por el otro lado, podía abrir una caja de Pandora, donde el internacionalismo y la agitación antimilitarista de la clase obrera socialista podía terminar desencadenando la revolución.

Por esta razón, durante este período se ocupa, mediante concesiones, reformas y la corrupción lisa y llana de una parte de los dirigentes sindicales e impulsando el patriotismo de la clase media y de la nueva aristocracia obrera, de ir mellando el filo revolucionario y el internacionalismo de los partidos socialistas, y de ir atando cada vez más la suerte de las organizaciones de los trabajadores, sus conquistas y sus aparatos y recursos, a la suerte de cada Estado capitalista nacional.

Como resultado de esto, cuando llegó el momento decisivo de oponerse a la guerra mundial declarada, la mayoría de los dirigentes de los partidos socialistas y de los sindicatos, muy por el contrario, traicionó sus promesas y apoyó al gobierno de su respectivo Estado nacional, votando los créditos de guerra, como pasó con particular notoriedad en los dos países con los partidos más importantes: Alemania (4 de agosto de 1914) y Francia.

Semejante traición dejó a la clase obrera momentáneamente estupefacta, desorientada y sin dirigentes. Solo el ala izquierda del movimiento socialista, minoritaria, perseguida y aislada, continuó, remando contra la corriente, manteniendo los viejos principios internacionalistas traicionados. Vladimir Lenin, León Trotsky, Rosa Luxemburg, Karl Liebknecht, Franz Mehring, entre otros, fueron sus principales dirigentes. Sometidos durante la guerra a cárcel, represión y destierro, hicieron suyo el lema “¡El enemigo principal está en el propio país!”.

La revolución es la que verdaderamente puso fin a la guerra

La izquierda revolucionaria surgida del derrumbe de la Segunda Internacional mantuvo su oposición a la paz civil o “tregua” declarada por los dirigentes derechistas de la organizaciones obreras, siguiendo una política que apuntará a la guerra civil contra los responsables de la carnicería imperialista y a utilizar la crisis económica y política creada por ella para despertar a las masas y terminar con el enfrentamiento bélico mundial lo antes posible. El objetivo era acelerar la caída de la dominación de la clase capitalista para así poner en práctica el poder de los trabajadores, que, como dijo Rosa Luxemburg, “si se lo mide por su verdadera estatura, está llamado por la historia a derribar el roble milenario de la injusticia social y a mover montañas”.

Los dirigentes de la izquierda socialista encuentran eco finalmente en la creciente oposición de la clase obrera a la guerra. En octubre-noviembre de 1917 triunfa la Revolución Rusa con los bolcheviques de Lenin y Trotsky, que realizan un llamado a una paz inmediata y sin anexiones, pero ahora desde la cabeza de un gobierno y un Estado de los trabajadores. Contra todo lo dicho por la historiografía oficial, hay que decir que finalmente será la Revolución Alemana, que en noviembre de 1918 derroca al Káiser y con la influencia del grupo espartaquista de Luxemburg y Liebknecht, deja fuera de juego a una de las principales potencias beligerantes, terminando con la Primera Guerra Mundial.

El Tratado de Versalles impuesto por los triunfadores de la guerra que formalmente declara la paz en 1919 impone condiciones humillantes a la Alemania derrotada y una multiplicación de nuevos Estados nacionales muy débiles en lo que antes eran territorios de las potencias vencidas, asfixiando su economía y a lo largo de la década de 1920 e inicios de la de 1930, ya con la crisis mundial originada en 1929 de fondo, exacerbando y volviendo mucho más convulsivas las propias contradicciones del sistema capitalista que no fueron resueltas por la Primera Guerra Mundial; a saber, la aguda contradicción entre la madurez del desarrollo de las fuerzas productivas y las trabas artificiales que significan las fronteras de los Estados nacionales. Esto desembocaría en una nueva guerra interimperialista en 1939, la Segunda Guerra Mundial.

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