“Café Society” de Woody Allen, la historia de 2 ciudades y 2 amantes

El opus N°46 de Allen, una de sus mejores películas en varios años, no es tanto una añoranza sobre un pasado idealizado como una lectura en clave irónica sobre el cine producido en Hollywood en su era dorada, que tiene su correlato en una Nueva York de jazz y gangsters.

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Incansable, Woody Allen avanza inexorablemente hacia su largometraje número cincuenta, transformándose en uno de los autores cinematográficos más prolíficos de la era moderna. Finalizado en apariencia su periplo turístico por Europa, Café Society lo encuentra elaborando una de sus mejores películas en varios años, una comedia melancólica, amable y usualmente ligera. Su opus n° 46 no es tanto una añoranza sobre un pasado idealizado como una lectura en clave moderadamente irónica sobre el cine producido en Hollywood en su era dorada, cercana temporalmente a la historia que retrataba La rosa púrpura del Cairo, aunque de un romanticismo menos exacerbado. Como ocurría en Annie Hall, además, el film transcurre en dos extremos del territorio estadounidense, aunque aquí California y Nueva York se dividen los dos segmentos en partes idénticas, escindidas por una elipsis que indica una crisis en la pareja protagónica, encarnada con una gran prestancia y presencia por Jesse Eisenberg y Kristen Stewart.

A grandes rasgos, la historia es la de Bobby, un chico judío del Bronx que abandona el barrio para encontrarse en Los Angeles con su tío Phil (medido, relajadísimo Steve Carell), un poderoso representante de estrellas cinematográficas que suele almorzar con Bette Davis o navegar en velero con Errol Flynn. Ese reinicio laboral y personal de una joven vida en tránsito le cede eventualmente el lugar a la historia de amor incipiente con la encantadora Vonnie, una de las tantas secretarias de Phil, de la cual el muchacho se enamora profundamente luego de meses de encuentros y paseos amistosos. Y es sólo entonces, como suele decirse, que las complicaciones comienzan a encadenarse.

Junto al veterano diseñador de producción Santo Loquasto y con la inestimable colaboración del legendario director de fotografía italiano Vittorio Storaro (el responsable de las imágenes de Novecento y Apocalipse Now, por citar apenas dos de sus trabajos más famosos), Allen reconstruye un Hollywoodland repleto de oro y oropeles, movie palaces y mansiones “estelares”, construcciones bajas de estilo español y amplias arboledas. Más tarde, ya en N.Y., algún que otro plano recordará fugazmente las calles proletarias de Érase una vez en América (hay aquí una trama secundaria que incluye mafiosos, asesinatos e investigaciones policiales) y un plano digitalmente reelaborado representará idealmente una ciudad que nunca volvería a ser la misma luego de la Segunda Guerra.

El propio Allen se reserva el papel de narrador omnisciente con una voz en off que acompaña a los personajes y sus peripecias de principio a fin del relato, como si se tratara de un texto literario, aunque su presencia es esporádica y usualmente menos descriptiva que sarcástica. Y allí están, por supuesto, los ligeros toques de humor verbal y esos gags que, típicamente, apuntan sus dardos cómicos al judaísmo de entrecasa (la actriz Jeannie Berlin encarna eficazmente a una idishe mame en versión light). A medida que Bobby comienza a ascender en la vida social neoyorquina, como responsable visible de un popular club nocturno, y da una vuelta de página a su vida sentimental al casarse con una bella y joven viuda (Blake Lively, protagonista de la recientemente estrenada Miedo profundo), Café Society se acerca a su segmento más potente, cuando tiempo después de la separación se produce el primero de una serie de posibles reencuentros.

En esos momentos, particularmente durante los últimos minutos, el film demuestra haber construido pacientemente un hilvanado emotivo que ofrece sólo entonces su recompensa, un lamento amoroso por aquello que no fue ni podrá ser y que, a pesar de remitir parcialmente al cine de otros tiempos, es tan atemporal como universal. El último Allen no posee una mirada o una intensidad narrativa particularmente clásicas, pero no deja de ser cierto que la película no sería igual sin las presencias de Eisenberg y Stewart, dueños de algunas de esas características que suelen asociarse con las estrellas de antaño. El logra cruzar nerviosismo con ingenio y algo de candor con inteligencia en un mismo plano, sin solución de continuidad; ella encanta la pantalla cada vez que ocupa la totalidad o una porción del cuadro y demuestra nuevamente (por si hacía falta recordarlo) que es una de las actrices más sutilmente talentosas de su generación.

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